La principal función de la piel es la protección. Factores atmosféricos, sustancias agresivas y microorganismos son elementos de los que debemos, día tras día, protegernos. La epidermis, capa funcional más externa de la piel, es la mayor responsable de esta capacidad protectora y a la par la que nos confiere una determinada tipología cutánea (pieles secas, hidratadas, grasas, asfícticas,…).
Cuando esta barrera disminuye o en el peor de los casos desaparece, la protección se debilita y aparecen las primeras alteraciones; piel reseca y agrietada, con aspecto mate y desagradable. Si las alteraciones evolucionan puede producirse enrojecimiento e irritación de la zona.
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